domingo, 20 de noviembre de 2011

Incertidumbre

Laura Gabriela Rodríguez Guerra

A

brí los ojos y lentamente traté de mover mi cuerpo, era como si no me perteneciera. Las extremidades eran tan pesadas que tuve que usar mis manos para poder moverlas de lugar. Giré mi cabeza, pero el mareo me hizo regresarla al lugar en donde estaba. Sentí secos los labios, quería beber agua, agua, sólo agua. Poco a poco fui abriendo mis ojos, había una luz que se filtraba por la rendija de la cortina; afuera se veía luz, mucha luz como si fuera medio día. Dando tumbos me levanté y me acerqué a la ventana, tomé la cortina que pesaba mucho más de lo que mi mano podía sostener, fui moviéndola lentamente tratando de encontrar una respuesta allá afuera. Tallé mis ojos y miré afuera, la luz intensa no me permitía distinguir lo que había, volví a tallar mis ojos, una y otra vez. Por fin pude abrirlos y la luz no me lastimó. ¿Cómo llegué aquí? Estaba parada en la ventana de un edificio muy alto. Por calcular, seguramente estaba en el piso 25 de una torre, enfrente había dos torres más, supongo que iguales. En algunos de los balcones había gente sentada, platicando. En otros, las cortinas permanecían abiertas, pero no se distinguía a nadie por allí.

Cerré la cortina rápidamente como si me quisiera esconder de alguien que de pronto notó que yo lo veía. Esperé unos segundos, volví a abrirla pero esta vez fue rápido; tal vez quería que ese paisaje que estaba afuera desapareciera y me mostrara el vecindario donde vivo. No, todo era igual, las mismas dos torres de departamentos enfrente de mí. Cerré la cortina. La volví a abrir lentamente. Todo seguía igual, las mismas torres, la gente sentada en los balcones. ¿Qué sucedió anoche? Me pregunto una y otra vez. Buscando respuestas me regreso a la cama, me siento en la orilla y miro mi brazo buscando mi reloj, no está allí, no lo tengo puesto, no tengo anillos, no tengo zapatos. Me dirijo a la mesita de noche que está en una esquina de la habitación bajo una lámpara redonda, hay dos tazas, tienen restos de café, hay rastros de cena -¿qué sucedió?- No logro hilar recuerdos. Imágenes centellantes vienen a mi mente, escucho una melodía, oigo risas, silencios, muchas luces brillantes, voces de personas que no logro reconocer. ¡Por favor, qué alguien me explique!

Mi bolsa está en el piso, la levanto y busco mi teléfono, mi cartera, mis artículos personales, todo está ahí, no me falta nada, mi reloj está dentro, lo saco y lo coloco en mi muñeca, son las cuatro de la tarde ¡por dios, no puede ser, he perdido varias horas y no sé qué sucedió! -Tengo que recordar, tengo que recordar- me repito en la menta a cada segundo. Un sudor seco empieza a recorrer mi cuerpo, el corazón me palpita, tengo la boca seca, estoy desesperándome, quiero salir huyendo y buscar respuestas. – Sí, voy a salir de aquí-, tomo mis pertenencias y corro a la puerta, me detiene el miedo, una llave entra en el picaporte y lentamente se abre la puerta con un espantoso rechinido que a la vez me hace recordar lo que pasó.